Como cada noche, después de revisar por última vez el correo, el camino hacia la habitación se hacía mas corto mientras mas pesados se hacían mis pies suplicantes por un par de sandalias, el aire frio además de despertarme momentáneamente me invitaba a tomar un poco de café mientras volvía un poco atrás en el apartado de las cosas sin importancia y me asomaba al diván mental de los recuerdos, ese diván que al igual que las cajas de zapatos de la infancia albergaba no solo los juegutes favoritos y las piezas extrañas encontradas casualmente que parecían sacadas de alguna nave extraterrestre, sino también aquellas cosas que por su simple belleza merecían estar en ese sagrado lugar a modo de reliquias tal y como ese lapiz color rojo brillante que no solo parecía el mas preciado de los trofeos, sino que recordaba además el felíz día que se le ganó al cuarto B en el partido del recreo.
así pues, tras asomarme en ese divan me encontré con ese espejo, fiel cómplice de las charlas conmigo cuando nadie mas me escuchaba y solo mi propia imagen lo hacía mientras copiaba mis gestos al hablar y mis expresiones al matizar dichas pláticas, las cuales evolucionaban cada día al ritmo de mis quejas, triunfos, fracasos y éxitos.
¿Como olvidar la primera vez que lo descubrí?, los nervios no solo llenaban el cuarto sino también mi cuerpo, la descición crucial en ese entonces: decir o no decir "me gustas"... ahí el complejo dilema que solo el se atrevía a escuchar mientras imaginariamente tomaba una postura fatídica señalando los peores escenarios al decirlo, recuerdo claramente cuando me atreví a preguntarle a esa imagen de mi yo enmarcada en plata y negro: "¿tu que me recomiendas?"
Desde esa vez lo frecuentaba seguido, no tanto como para considerarme un tonto hablando solo pero no tan distante como para no considerarme solitario, el espejo sabía lo que debería hacer, siempre tenía un buen consejo que dar, el secreto de la verdad absoluta parecía esconderse entre el y el muro celosamente, tan celosamente que nunca nadie lo movió para evitar que el secreto volara por la ventana de la habitación o se disolviera en el aire cual tímido espíritu sorprendido tras el mismo
Así también recuerdo que fue muchas veces fiel oyente de lo que de mi mismo llegué a pensar, frases como: "soy un idiota", "¿porque lo hice?", "me arrepiento" pudieron haber quedado grabadas entre su marco si no hubiese sido por ese trapo que le ayudaba a quitarse toda esa frustación mezclada con arrepentimiento cada fin de semana cuando lleno de todas esas frases combinadas con polvo lo hacían verse sucio... quizá por eso se vengana riéndose de mi cuando se lo decía... o quizá haya sido una señal para evitar que llegara a agobiarlo de nuevo con cosas que no le interesaban.
Poco a poco dejó de escucharme, no porque se hubiese hartado, sino porque cada vez me acercaba menos a el, como a un extraño lo miraba mientras me vestía o hablaba por teléfono, así mismo el me observaba indiferente cuando llegaba después de una fiesta o me quedaba a leer un libro en mi habitación... es probable que se haya dado cuenta que tenía mas cosas en la cabeza que platicar de nuevo y pedirle consejos.
A veces lo extraño y quisiera no solo charlar con el, decirle que no es la primera vez que lo rescato del divan de mis recuerdos y que me hace falta que me vuelva a escuchar, que se vuelva a reir de mi cuando le cuente que me siento un estúpido por alguna mala descición o desesperado por una mala época, que a veces es solo con el con quien platico... aunque siempre me gana el temor de que se burle al verme necesitado de toda su confianza.
Maldito espejo... necesitamos hablar largo y tendido
martes, 3 de marzo de 2009
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